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El Árbol

Al sudoeste de Marruecos, entre Agadir y Essaouira, se extiende una vasta llanura seca y árida, poblada por unos viejos árboles fuertes y espinosos, que velan por la supervivencia del suelo. Son los árboles de argán, de cuyo fruto se extrae el aceite que ha dado vida a estas tierras y a sus gentes desde tiempo inmemorial.

El árbol pertenece a la familia de las sapotáceas, siendo en general de poca altura y copa extendida, aunque algunos ejemplares pueden llegar a medir varios metros. Las flores son amarillo-verdosas, sus frutos tienen una semilla de dura cáscara y gran contenido oleaginoso y su dura madera es utilizada en la ebanistería local.

Las raíces de este árbol, que puede llegar a vivir hasta 200 años o más, deben buscar el agua muy lejos de la superficie y son tan profundas, 10 metros de media, que ayudan a prevenir la desertización y la erosión del suelo, bastando un par de lluvias al año para que el árbol sobreviva. En una región donde las lluvias apenas alcanzan los 200 o 300 ml/m2, el argán es una frontera natural contra el avance del desierto, y su conservación es una de las prioridades del Ministerio de Agricultura marroquí.

Los bosques de Argania que antiguamente llegaban hasta las más norteñas localidades de Safi o El Jadida, han menguado su superficio un 50% en los últimos 100 años, debido al aumento de la población y la utilización de su madera como combustible.

La mejor protección para su conservación podría encontrarse en el reciente desarrollo de la producción de aceite de argán para su exportación como un producto de alto valor comercial.

En 1998, la Unesco declaró Reserva de la Biosfera Arganeraie las 2.568.780 hectáreas al suroeste de Marruecos en las que crece el argán. En el corazón de esta reserva se encuentra el Parque Nacional de Souss-Massa Draa y la cooperativa de mujeres Amal desde la que os acercamos este aceite.